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LOS PIRATAS ORGÁNICOS - DomingoElUniversal.mx

LOS PIRATAS ORGÁNICOS

La comida orgánica está de moda: todos quieren consumirla, todos quieren venderla. El país ocupa el puesto 15 a nivel mundial en este tipo de producción. Pero la pregunta clave es: ¿Qué tan orgánico es el alimento que se vende como tal en México? Así como hay quienes siguen las reglas, hay muchos más que certifican y comercializan alimentos que de orgánicos sólo tienen el nombre

PEQUEÑOS TIPS PARA SABER QUE NO ES ORGÁNICO. De acuerdo con SaBío, los consumidores pueden saber si un productor orgánico no lo es si tiene todos los productos todo el año. Si nunca le falta algo, hace trampa. Lo mismo si el precio de venta es similar al de los productos convencionales.

POR GUSTAVO BRACCO. FOTOS FEDERICO GAMA
DOMINGO, 6 DE OCTUBRE DE 2013
DomingoElUniversal.mx

Tomo la caja de cereales orgánicos del anaquel y, en el reverso, leo: "¿Por qué es tan bueno lo orgánico? Porque se cultiva y se cosecha sin pesticidas sintéticos, herbicidas, ni organismos genéticamente modificados. No contiene conservadores. Provoca menos erosión de la tierra…", y una seguidilla de etcéteras relacionados con el cuidado del medioambiente y la salud. Se me viene a la mente una frase: "Con lo que ponemos en nuestro plato estamos votando por el mundo que queremos". Esto lo pronunció alguna vez uno de los directivos de la empresaMonsanto, estigmatizada por vender alimento modificado genéticamente, así que es casi como si hubiese salido de la boca del mismísimo diablo. Pero no por eso deja de ser cierto. Y ahí me brinca la duda: ¿Qué tan puro, natural, sustentable… qué tan orgánico es lo que se vende como orgánico? ¿Esos productos —por el que se suele pagar un pagar entre un 20 y 30% más— están elaborados de la manera en que dicen estarlo?

El fraude en lo orgánico suele ser más común de lo que se cree. Más aún si se tiene en cuenta que la exportación de productos orgánicos en México, en 2012, ascendió a 600 millones de dólares y el mercado interno se estima en 92.4 millones, según datos de la Universidad Autónoma Chapingo.

MÉXICO. El negocio de lo órganico ha crecido al triple en 10 años.

Roxana Balderrama Mariscal viajó hace dos años de su Bolivia natal al DF para comandar la oficina del Instituto para el Mercado Ecológico S.A. de C.V. (IMO México), una certificadora que pertenece al grupo IMO Control, con sede en Suiza y presencia en más de 90 países. Cuenta con una reputación intachable en materia de certificaciones. Al momento de la entrevista, ella iba regresando de Michoacán: "Vengo de Uruapan porque tuve una denuncia de un cliente nuestro que es exportador de aguacate. Le regresaron un envío desde Europa porque detectaron una muestra con residuos químicos en una de las partidas de un proveedor suyo". Lo dice mientras su rostro refleja cansancio, hastío, similar al de las madres que son citadas a la escuela porque su hijo se portó mal. Pero su cliente ni siquiera se portó mal. Resulta ser que uno de sus proveedores, que estaba certificado por otra certificadora, usó un insumo agrícola que no era orgánico: su plantación fue atacada por una plaga y no pensó dos veces antes de colocar insecticida. Pero en la Unión Europea tampoco lo pensaron dos veces y desnudaron el fraude. El cliente de Balderrama Mariscal fue afectado porque era el exportador.

—Entonces no es un secreto que hay fraude con los productos orgánicos.

—Claro que hay fraude, porque hay gente que no trabaja con real convicción sobre lo orgánico y sólo lo ven como un negocio. Si yo te contara…

Y me contó.

Sin acuerdos

Diferentes voces se disputan la contienda en el ring de lo orgánico. Están los más radicales que sostienen que todo es una mentira. Argumentan que es imposible que entre el cultivo y el anaquel no existe algún contaminante. Es más, señalan que el puro smog de las ciudades ya es un factor que echa a perder la calidad de los productos. Están también quienes tienen la convicción de llevar su producción de manera ecológica y sustentable, pero con la conciencia de que hay muchas cosas por corregir y controlar. Y también están los más oportunistas.

Las razones son sencillas: en los últimos 20 años el valor del sector ha crecido a una tasa promedio de 15% anual y los analistas internacionales vaticinan que, en los próximos 10 años, el mercado orgánico mundial va a crecer de 11 a 100 billones de dólares con Estados Unidos, Europa y Japón a la cabeza del ranking. Y está claro que las oportunidades de exportación que ofrecen estos mercados han sido un gran estímulo para la agricultura orgánica en muchos países en vías de desarrollo, entre ellos México, que pasó de tener 21 mil 265 hectáreas de superficie agrícola de cultivos orgánicos en 1996, a 512 mil 246 en 2012.

Este crecimiento ha provocado escándalos por todo el mundo. El año pasado se armó un revuelo en Alemania cuando el semanario Der Spiegel reveló el fraude de los huevos BIO, que fue catalogado como el mayor crimen agrícola de la historia de ese país. La etiqueta BIO garantiza estándares de alimentación y trato a las gallinas —por ejemplo, no se permite que vivan más de 12 por metro cuadrado y se deben alimentar con comida orgánica—  y eso, según investigadores, no se cumplía. A fines de 2011 cayó una banda de falsificadores italianos que habían etiquetado como BIO unas 700 mil toneladas de productos alimenticios convencionales que habían sido exportados a otros países. En mayo de 2012 el Departamento de Agricultura de Estado Unidos informó de 12 casos de fraude alimentario con falsos certificados orgánicos en África, Asia, el Caribe, Europa y el Oriente Medio.

La lista sigue: en agosto de ese año, The Cornucopia Institute presentó una denuncia ante ese mismo Departamento de EU contra distintos fabricantes de alimentos para bebés por añadir dos conservadores sintéticos a las recetas de sus productos certificados como orgánicos. En México no hay casos de tal relevancia mediática. Me lo confirma Jesús Ortiz Haro y Bravo, secretario de la asociación civil Impulso Orgánico Mexicano: "Hasta ahora no se ha detectado ningún caso de productos que se presenten como orgánicos y no lo sean".

Ortiz Haro y Bravo me muestra, mientras me convida un café orgánico veracruzano, los sellos de "orgánico" que llevan impresos algunos productos nacionales que hay en su oficina. Dice que ésa es la manera que tiene el consumidor de no ser engañado. En este punto hay que dejar claro que gran parte de esos productos se exportan y, si no pasan los controles y no tienen esos sellos, se regresan a casa.

Insisto en saber si todo lo orgánico que se vende en México es realmente orgánico. Contesta muy serio: "No hay cosas turbias. No puedo meter las manos al fuego por nadie, pero te puedo decir que desde el Consejo Nacional de Producción Orgánica, al cual asistimos productores, certificadores, distribuidores, instituciones académicas y dependencias de la administración pública federal, estamos todos pendientes y asegurándonos de que las cosas se hagan bien".

Las opiniones al respecto difieren, pues el Consejo Nacional de la Producción Orgánica señala que sí hay operadores que, con pleno conocimiento, comercializan o etiquetan productos intermedios o terminados como "orgánicos", e incluso casos de organismos que certifican productos sin cumplir con lo establecido por la Ley de Productos Orgánicos. Eso lo sabe este organismo, que asume que necesitan apurarse con las regulaciones porque andan atrasados en ese aspecto.

La mencionada Ley de Productos Orgánicos se publicó en el Diario Oficial de la Federación el 7 de febrero de 2006, durante la presidencia de Vicente Fox. Sin embargo, quedó en una especie de limbo. Prueba de ello es que todavía no existen productos certificados bajo regulación mexicana, por eso los productores nacionales que exportan deben aplicar las regulaciones de otros mercados como la Comunidad Europea, Japón o Estados Unidos.

Este Consejo Nacional de la Producción Orgánica fue creado en 2007 como órgano de consulta de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SAGARPA). Sobre estas fallas y limbos en el sistema Ricardo Aguilar Castillo, subsecretario de Alimentación y Competitividad de esa dependencia, y presidente del Consejo Nacional de Producción Orgánica, me enumera todo el trabajo que está realizando su área en materia de competitividad, incentivos (porque no le gusta hablar de subsidios), normatividad y credibilidad. Y se apura en hacer hincapié en estos dos últimos puntos porque, explica, "de lo heredado de la administración anterior hay programas que son regresivos, obsoletos, muy burocráticos y parece que estuviesen diseñados para que las cosas no funcionen".

Otros entrevistados ya me habían comentado que actualmente no hay quien controle el trabajo de las certificadoras y que ese vacío institucional es una especie de agujero negro por donde se escabulle el fraude.

Aguilar Castillo se explaya: "Hay certificadoras y productores que argumentan que tienen productos orgánicos y no es verdad, pero lo cierto es que para poder evaluar y vigilar necesitamos más normatividad. Y ahí es donde nos estamos metiendo, porque los orgánicos tienen un enorme potencial y son muy demandados en el exterior y en México".

Para ello este 29 de octubre se llevará a cabo, en Guadalajara, la segunda sesión ordinaria del Consejo Nacional de Producción Orgánica, donde se presentará oficialmente el distintivo nacional de producción orgánica, así como los lineamientos concretos para la operación orgánica de las actividades agropecuarias. Dice Aguilar Castillo que esto permitirá finalmente que los productos nacionales tengan un sello de "orgánico mexicano", además de regular los procesos de certificación que permitan cazar a los productores y organismos certificadores mentirosos.

País (no) orgánico

Actualmente existen dos vías para certificar que un alimento es orgánico. Mediante una certificadora acreditada y aprobada ante SAGARPA, o mediante lo que se conoce como "certificación participativa". La primera tiene ciertos lineamientos y costos que varían de certificadora a certificadora: en promedio, una certificación puede rondar los 2 mil 500 dólares; las hay más baratas y también más caras, dependiendo de los sellos que se necesiten —para exportar a EU, la Unión Europea o Japón—, los lotes que se producen, o la cantidad de hectáreas, etc. La participativa se lleva a cabo a través de la visita de un miembro de un mercado orgánico, un productor y un consumidor a la unidad de producción de solicita la certificación. Su costo incluye únicamente los viáticos de quienes fungen como certificadores. Por eso esta suele ser la opción de pequeños productores que venden sus productos en tianguis o mercados locales, y que no pueden exportar sus productos.  

Sin embargo, donde hay mucho dinero de por medio, suele haber también ánimos de ganar dinero como sea. Las certificaciones "acreditadas" son un negocio tanto para las certificadoras poco éticas, como para algunos productores carentes de escrúpulos que sólo tienen los ojos puestos en poder acceder a mercados internacionales y vender a mejor precio. Más cuando los productos mexicanos son muy solicitados en el exterior. Entiéndase que México exporta cerca del 85% de su producción orgánica y es el principal exportador mundial de café orgánico, así como de otros 50 cultivos diferentes.

La normativa de la Federación Internacional de los Movimientos de Agricultura Biológica establece que, para considerarse orgánica, una tierra debe dejar pasar al menos tres años desde que se dejó de usar químicos, para que el terreno quede libre de residuos. Así, una certificadora que hace bien su trabajo certificará después del tercer año, y un productor con una verdadera convicción orgánica pagará durante dos años una certificación y se esperará hasta al tercero para poder comercializar sus productos con el sello de orgánicos. Pero eso no siempre sucede: hay certificadoras que acreditan desde el primer año y a costos más bajos, y hay productores que venden productos orgánicos cultivados en una tierra que aún no es 100% orgánica."Nosotros nunca hacemos certificaciones al primer año. Algunos productores aceptan eso porque saben que está en las normas, pero otros, al ver que en el mercado hay muchas oportunidades para sus productos, dicen: '¿Por qué me voy a esperar tres años y pagar durante ese tiempo hasta ser orgánico?'. Y lamentablemente de diez ofertas de trabajo que me llegan, una se queda conmigo aceptando esas condiciones y nuestros precios", argumenta Roxana Balderrama Mariscal, gerente técnico de IMO México. En el caso del proveedor de Uruapan que hizo fraude con su lote de aguacates, su certificadora le había extendido el documento al primer año, aunque él juró y perjuró que hacía cinco años que venía teniendo manejo ecológico de su parcela. Y encima utilizó un insumo agrícola no permitido. "A veces los mismos vendedores de insumos les dicen que los usen, que a los 15 días desaparecen los rastros y que, como no salen en los análisis, no tendrán problemas", agrega Balderrama.

Al respecto Alonso Posada, uno de los titulares de SaBío —la única productora de cerdo orgánico en México— señala: "Mi evaluación de la realidad orgánica en México es que es muy endeble y se debate en torno a los mismos problemas que se debate el país: corrupción, diferencia abismal en la distribución económica, etcétera". Él, junto a otras tres personas que conforman la empresa, ingresaron al mundo de la producción orgánica a través de la distribuidora de huevos E’el, ubicada en Morelos, pero tras separarse del proyecto comenzaron a trabajar con la carne de cerdo y otros procesados orgánicos.

A Posada lo encontré en su puesto en el mercado El 100. Ahí, cada domingo, 25 productores de no más de 100 millas a la redonda del DF —de ahí el nombre del mercado— se instalan en la colonia Roma. Allí, entre hipsters, veganos y otros que quieren conocer los beneficios de los alimentos orgánicos, estaba Alonso. Detrás de su barba, explicaba su proceso de producción: "Junto a la corrupción de las agencias certificadoras está el abuso en la certificación participativa: hay quien tiene capacidad económica y el mercado suficiente para acceder a una certificación de agencia y no lo hace. Eso levanta sospechas de que sus productos no sean orgánicos. Tanto una como la otra son un fraude alimenticio".

Jesús Ortiz Haro y Bravo, secretario de Impulso Orgánico Mexicano, señala desde su trinchera optimista: "La producción orgánica per sé se hace bien, lo que falta es desarrollar el mercado interno y ser más competitivos en el mercado internacional". Para confirmar su teoría suelta algunas cifras: el número de productores que mudaron sus cultivos o sus crías hacia lo orgánico ha crecido desde 1996 a una tasa anual del 17%, y para 2012 había más de 170 mil productores orgánicos que comercializan sus mercancías a través de supermercados, tiendas departamentales o especializadas. Casi 90% son pequeños productores con menos de tres hectáreas de terreno, en tanto que el restante 10% son medianos con menos de 200 hectáreas.

Seguridad alimentaria

En abril de este año Carlo Petrini, el fundador de Slow Food, puso en palabras lo que ya muchos tenían en mente. Durante una conferencia en Bogotá, disparó: "La industria alimentaria es una mafia criminal".  Dijo que está haciendo cada vez más infértiles los suelos y que en los últimos 20 años se han usado más químicos en la agricultura que los que se usaron en los 120 años anteriores. El coletazo de su frase también le llegó a los alimentos con sello orgánico.

La filosofía de Slow Food está a favor de la producción orgánica sólo si apoya la cultura gastronómica de cada región y defiende la biodiversidad alimentaria. Esto lo explica Alfonso Rocha Robles, consejero internacional de Slow foodpara México y Centroamérica: "Para evitar rompernos la cabeza al saber si un alimento es realmente orgánico, desde Slow Food recomendamos comprar alimentos 'buenos, limpios y justos'. Estos tres criterios están interconectados y definen un alimento de calidad. 'Bueno' es un alimento agradable al paladar, que respeta la temporada, la biodiversidad y el valor de un producto; 'limpio' define alimentos cultivados, procesados, empaquetados y transportados de manera respetuosa con el medio ambiente —locales, orgánicos, libre de transgénicos y con empaque ecológico—; 'justo' define un sistema de comercio equitativo para el productor y el comprador".

Alonso Posada, titular de SaBío, ve en el papel del consumidor una posible salida al fraude alimenticio en orgánicos. Dice que quien compra debe entender que la lógica de lo orgánico no es igual a la lógica comercial: "Un productor orgánico no puede tener de todo, todo el año. Si nunca le falta algo, hace trampa. Lo mismo si puede competir en precio con los productos convencionales. No se pueden tener capulines y plátanos en un mismo rancho ni aumentar ventas sostenidamente durante años sin certificar las nuevas instalaciones".

Al final, la pregunta sigue en el aire: ¿Qué tan orgánico es lo que comemos? Al menos en México la respuesta es bastante ambigua.

 

Fuente: http://www.domingoeluniversal.mx/historias/detalle/Los+piratas+org%C3%A1nicos-1847